lunes, 4 de agosto de 2008

Hacia el mar Mediterráneo en bicicleta

Acá andamos de nuevo preparando la mochila, o mejor dicho las alforjas, porque sacamos de paseo a Yakayán y Khun, las bicicletas con las que recorrimos 4.000 kilómetros en Tailandia, Laos y Camboya. Hace un año que volvimos de bicicletear por aquellas tierras del Sudeste asiático, y de nuevo nos calzamos los culotes para pedalear. Esta vez será por tierras de la vieja Ibéria, saliendo desde Egillor, el pueblo donde vivimos en Navarra, y con rumbo hacia la desembocadura del río Ebro en el delta que lleva su nombre. Para ello seguiremos la ruta Jacobea del Ebro y la GR-99 que en muchos de los tramos coinciden. Son en total unos 550 km., al parecer con una orografía no muy accidentada. Esperamos disponer de unas dos semanas para recorrer este camino que en su totalidad parte de Fontibre (Cantabria), donde el río Ebro nace. Nosotras partiremos desde casa, primero hasta Logroño por el Camino Francés, una de las rutas jacobeas hacia Santiago de Compostela, y en Logroño enlazamos con el Camino del Ebro. Atravesaremos tierras de los viejos Reinos de Navarra, Aragón y Catalunya, cargados de historia, tradición y tan lindos como variados paisajes.

En esta ocasión, después del viaje en “solitario” por India y Nepal, volvemos a ir Venus y yo mano a mano. Y saliendo desde casa, algo que cumple uno de mis deseos que es salir de viaje en bici partiendo desde la puerta de casa. Para otro viaje dejo pendiente otra parte del deseo, que sería el llegar a casa pedaleando. Y si el tiempo lo permite, y los planes no cambian, es posible que hagamos una escapada en ferry hasta Menoría, una de las islas Baleares en el mar Mediterráneo. Sería bonito poder recorrerla en bici o a pie y descubrir sus maravillosas calas de aguas turquesas. Dicen de estas islas que son el Caribe de la península Ibérica, y en estas fechas veraniegas son muchas las gentes que llegan hasta ellas en busca del paraíso, la tranquilidad y la fiesta sin fin, especialmente la isla de Ibiza.

Venus conoció Ibiza en bicicleta ya hace unos años, y Menorca hace dos años. Yo estuve en Mallorca de viaje de estudios en tercero del instituto, así que ni me acuerdo de aquello. Y ya hace varios años que ando con ganas de conocer Menoría, pero por una cosa o por otra no ha llegado el momento. Últimamente hasta se me quitaban las ganas de ir ya que se ha puesto de moda ir a Menorca y va “to kiski”, así que ha debido perder mucha de la tranquilidad que tenía. Pero aún así, creo que merece una visita, más si cabe después de conocer en los últimos años a varias personas que viven en la isla.

Como os decía, hace ya un año que volvimos del sudeste asiático. Entonces fue el final de un viaje inconcluso del que nos despedíamos con un “continuará…”. En el tintero quedaba la posibilidad de continuarlo en India, y las ganas de repetir pedaleo en tierras ibéricas, sin la traba del idioma y con el aliciente del contraste de paisajes que las tropicales tierras selváticas de Tailandia, Laos y Camboya no nos ofrecieron. Muchas cosas han pasado en este último año. Nos ha dado tiempo de encontrar una casita en un pueblo donde convivir entre nosotras, con la Madre Tierra tan cerca que embriaga con su belleza, y con la huerta que nos alimenta y enseña los ciclos de la vida. Venus se fue de barnetegi a aprender euskara tres meses, y luego se encerró entre libros de biología cinco de meses consiguiendo recoger el fruto de aprobar una oposición para profesora de biología y geología. Yo tras tres meses de duro estudio y entrenamiento físico, suspendí unos exámenes para bombero, para consolarme hice el sacrificio de irme tres meses de viaje a India y Nepal, y esta semana termino dos meses de curro en una fábrica de frigoríficos que me ha dado la plata suficiente para vivir este tiempo en la carísima Europa y tener lo suficiente para hacer este viaje que ahora nos aborda. En septiembre-octubre llegará el momento de la vuelta al curro, Venus si todo va bien se estrenará como profa de instituto, y yo volveré a mis quehaceres de jardinero en la villa de Uharte. Pero eso es futuro, y demos tiempo a que llegue.

Ya veis que cuando un viaje se planta frente a mi cara es cuando no puedo evitar el escribir. Como si el resto de tiempo no pasaran cosas interesantes que contar. Hoy sin ir más lejos, tras completar mis ocho horas de trabajo robótico en la fábrica poniendo compresores a los frigoríficos, fui a nadar un rato en la piscina. Es algo que me quedó de legado de mis entrenamientos para bombero. Y tras un rato de dar manotazos en el agua y no ver ni un pez, me dirigí a la ducha. Hay dos duchas individuales para aquellas personas pudorosas, y una ducha colectiva de esas con nueve chorros que tantos y buenos recuerdos me traen de mi época jovenzuela del equipo de fútbol en el barrio. Y es que si una ducha es un gran momento del día, la ducha colectiva es mucho más divertida. El padre con el hijo tras las clases de natación, el abuelo tras su sesión de mantenimiento en el gimnasio, el currela que tras la jornada laboral se relaja en la sauna y se da una ducha, el jovenzuelo que se machaca los músculos en el gimnasio, los chavalotes que salen de clases de kárate… Y bajo los chorros de agua todos eliminan sus tensiones y se cargan de energía para un nuevo día. Pues el caso es que cual es mi sorpresa cuando en ese glorioso momento de la ducha tras nadar, entra un hombre de unos 50 años a la ducha colectiva y le suena el teléfono móvil en la ducha. Imaginaros mi sorpresa al comprobar hasta que punto el ser humano ha caído en la dependencia total a este armatoste que es como un grano en el culo que no te abandona ni en el mágico momento de la ducha. De verdad que es una imagen que jamás hubiera pensado que iba a ver. Un hombre desnudo en la ducha sacando de su neceser el jabón y el móvil mientras se calienta el chorro de agua.

Y es que con la llegada del teléfono móvil hay frases que van a caer en el olvido. Porque cuando estés cagando, en la ducha, dormido o no estés en casa, ya no gritaremos eso de: “¡¡¡DILE QUE LUEGO LE LLAMOOOOOO!!!”. Ni alguien contestará al otro lado del teléfono diciendo: “Ahora no puede ponerse, si quieres que le diga algo”, o “En un rato te llama que está en el trono” o “que está mandando un fax” o “que está plantando un pino”, que dicho sea de paso lo podíamos cambiar por “plantando un roble” que es mucho más autóctono y total por el mismo precio hacemos un poco de ecología.

Y también os podría contar muchas cosas del día a día de la fábrica. ¡Qué mundo! Todo un planeta nuevo el que he descubierto estos dos meses en la cadena. Verdaderamente curioso todo lo que se esconde dentro de esas grandes naves que a modo de hormigueros gigantes esconden a miles de hormigas obreras que tienen perfectamente delimitadas cuales son sus funciones. Todo organizado para conseguir un producto final con el menor tiempo posible de fabricación y el menor coste. Entramos al hormiguero en regueros de gente cuando el día ni siquiera saluda desde el horizonte. Una vez dentro, tod=s vestid=s de azul menos los mandos que van con camisa de rayas azules y blancas. Trabajar bajo el yugo de un panel electrónico que marca el número de frigoríficos que vas fabricando y el número total al que se supone que debes llegar para cumplir la producción del día. Y pasadas las 8 horas, de nuevo cambio de uniforme y salida en tropel a la vida exterior donde vuelan los pájaros, brilla el sol y crecen las flores. Hasta el día siguiente en que toca otra vuelta de tuerca en el hormiguero. Verdaderamente curioso el planeta frábrica. Un punto y aparte en mi vida.

Hasta la siguiente crónica que quien sabe cuando será, ongi ibili!, ¡buen camino! o ¡bon camí! Nos vemos en el camino…

…de nuevo en el camino… IRRI TA BIZI!!!